El pecado es el mal que se hace, que se decide hacer y se hace.
La sombra del pecado es la sombra del dolor. Todo es dolor en el, desde el comienzo al final. Una gran cadena de dolor y amargo sufrimiento.
Las palabras pueden ser certeras, pero solo apuntan al blanco y no revelan el blanco. El blanco, lo vemos o no lo vemos y eso depende de nosotros mismos.
Palabras como "pecado" harán reír a muchas personas que se consideran lo suficientemente inteligentes como para banalizar todo lo que no encaje en su estructura de cómo es el mundo. Aunque ese "como es el mundo" es en realidad un "como ha de ser el mundo" y lo peor de todo es que esa concepción puede ser relativa y tan voluble como el carácter humano.
Ya la televisión se ha encargado de corromper las mentes envaneciendo el lenguaje, empobreciendo conceptos y trivializándolos. ¡Vana arrogancia y mísera autocomplacencia!
Lo más complejo es el trato con el otro, con esos seres que en la apariencia que arroja el mundo se nos hacen tan lejanos. Pero no, no, "el otro" está ahí, tan cerca físicamente que podemos sentir el calor de su aliento. Pero espiritualmente estamos tan alejados como los polos terrestres.
El otro puede molestar porque el rostro del otro es como la superficie de un espejo, esto es: nos refleja. Puedes agradarnos ese reflejo, la sociedad nos insta a buscar que nos agrade.
Pedimos a gritos ser amados. ¿Pero cuántos elegirán amar? El amor que no espera retribución, el amor que se ofrece desde lo más profundo, el amor que duele al darlo, el que escuece y molesta. El amor expresado en actos y no en palabras.
La vida del hombre es como una gota de rocío que cae en un instante para fundirse en la tierra húmeda. Ahora siento que todo está bien hecho aunque en la superficie nos parezca que reina el desorden.
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